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lunes, 26 de enero de 2009

De la manera correcta de sentar a un asesino a la mesa

Codex Romanoff (II parte)

Ya he comentado en otras notas que supuestamente existe el Codex Romanoff, un compendio de notas de cocina y reglas de urbanidad (o algo bastante parecido a ellas) escritas por el gran Leonardo.

Como sabemos, era común en tiempos de Leonardo que se aprovechara un banquete para eliminar a alguno o a algunos, y las formas de hacerlo eran por envenenamiento (de la comida o de la bebida) o por arma blanca.

Tan así era, que por entonces comenzó a gestarse la costumbre de colocar los cuchillos (durante mucho tiempo, únicos cubiertos usados en la mesa) con el filo hacia adentro, es decir, hacia el plato, ya que colocarlos con el filo hacia el comensal de al lado resultaba demasiado amenazador.
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Pero por supuesto esto no impedía la práctica de acuchillar a alguien, y hoy quiero transcribir uno de los supuestos consejos de Leonardo -que estaría en el inhallable Codex antes citado-, en parte porque resulta bastante creíble, pero además porque me hace mucha gracia.

De la manera correcta
de sentar a un asesino a la mesa

Si hay un asesinato planeado para la comida, entonces lo más decoroso es que el asesino tome asiento junto a aquel que será el objeto de su arte (y que se sitúe a la izquierda o a la derecha de esa persona dependerá del método del asesino), pues de esta forma no interrumpirá tanto la conversación si la realización de este hecho se limita a una zona pequeña.

En verdad, la fama de Ambroglio Descarte, el principal asesino de mi señor Cesare Borgia, se debe en gran medida a su habilidad para realizar su tarea sin que lo advierta ninguno de los comensales y, menos aún, que sean importunados por sus acciones.

Después de que el cadáver (y las manchas de sangre, de haberlas) haya sido retirado por los servidores, es costumbre que el asesino también se retire de la mesa, pues su presencia en ocasiones puede perturbar las digestiones de las personas que se encuentren sentadas a su lado, y en este punto un buen anfitrión tendrá siempre un nuevo invitado, quien habrá esperado afuera, dispuesto a sentarse a la mesa en este momento.
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Sandro Botticelli (1445-1510) "El banquete de Nastagio degli Onesti" (1487)

sábado, 10 de enero de 2009

Da Vinci y sus inventos

Ingenio para eliminar ranas de los barriles de agua para beber

Sabemos, porque ya se lo dicho y escrito hasta el hartazgo –incluso en este blog–, que entre las pasiones de Leonardo da Vinci (1452-1519) se contaban el gusto por la comida y los artificios.

Así, ideó numerosos ingenios para las cocinas; algunos realmente complicados y que cayeron en el olvido –excepto como curiosidades– y otros más simples, como el sacacorchos, la prensa para ajos, el molinillo, el asador giratorio (todos muy parecidos a los que usamos en la actualidad), la máquina para hacer spaghetti, e incluso las servilletas (para que los invitados a la mesa no se limpiaran las manos en los manteles…).

Se dice también que inventó el tenedor de 3 dientes, para que los comensales pudieran enroscar los spaghetti; y puede ser cierto que Leonardo haya ideado ese tipo de tenedor –pues tal vez en Italia no se conocía–, pero no es verdad que no existía, pues Enrique de Villena (1384?-1434), en Arte Cisoria describe y dibuja un tridente, al que llama broca, más de un siglo antes de que naciera Leonardo.

Pero de todos los inventos de Leonardo relacionados con las cocinas, hay uno que me hace especial gracia y es el ingenio para eliminar las ranas de los barriles de agua para beber.

Aunque no tengo nada en contra de las pobres ranitas –antes bien, me resultan muy simpáticas– comprendo que se pretendiera desalojarlas de los recipientes de agua para consumo, por razones más o menos higiénicas (claro que si lográramos imaginar la época en que vivió Leonardo, fácil sería imaginar también que, quien más, quien menos, todos vivían en medio de la mugre); pero lo que me hace gracia es la forma de la trampa.

Este es el artificio ideado por Leonardo:
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Supuestamente, funciona así:

Hay que esperar a que la rana salte sobre el cebo y quede ubicada con la cabeza justo debajo del lugar donde golpea el mazo, para luego pegarle hasta desmayarla (y matarla, y comérsela, supongo).

Sospecho que este aparatito lo habrá pensado como una broma, ya que Leonardo puede haber sido cualquier cosa excepto tonto.

Pero la cuestión es que la trampa para eliminar ranas me recuerda cierto método infalible para matar langostas, cuyos detalles (los que llegaron a mi conocimiento) paso a describir.

MÉTODO INFALIBLE PARA MATAR LANGOSTAS

El hecho parece que sucedió en la primera mitad del siglo XX, posiblemente entre los ’30 y los ’40: los EE.UU. fueron azotados por una plaga de langostas y los granjeros estaban desesperados.

Entonces apareció en los diarios un aviso que decía algo así:

Método infalible para matar langostas.
Envíe por correo un giro de un dólar a ...
(una dirección)
y le remitiré el aparato y las instrucciones de uso.

Calculo que quien ideó el sistema habrá esperado a recibir muchos giros de un dólar antes de comenzar los envíos, porque el ‘mecanismo’ consistía en dos tablillas de madera unidas por una bisagra articulada, muy parecido a este dibujito:
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Y las instrucciones eran más o menos así:
Abra la pinza,
coloque en medio una o dos langostas
y presione fuertemente...

Por supuesto, se armó gran escándalo... (y luego quedó en la nada).

Dicho sea de paso, este método es muy parecido al prensa-ajos ideado por Leonardo, que todavía usamos.

Sin embargo, me permito señalar que, a mi entender, estos inventos de Leonardo eran superfluos (y siguen siéndolo) y también era innecesaria la pinza mata-langostas (aunque no lo fue para su inventor, que con astucia le sacó provecho), pues desde tiempos inmemoriales existen los morteros, y con ellos se pueden apachurrar ajos, langostas, ranas, y casi cualquier cosa que quepa dentro del vaso.

Así que ahora que le di la idea (y conste que es de obsequio), cada vez que vaya a comprar aerosoles mata-mosquitos, mata-pulgas, mata-cucarachas, etc., piense que va a gastar dinero en un bien fungible y además va a contaminar el ambiente...
¡Y CÓMPRESE UN MORTERO!
...que no contamina y dura toda la vida.

(Y dispuesto a gastar, trate de conseguir uno bien grande, donde, en caso de necesidad, quepa hasta la cabeza de... bueno, usté sabrá).

martes, 21 de octubre de 2008

El Codex Romanoff (I)

Se denomina Codex Romanoff a un conjunto recetas de cocina y notas referidas al comportamiento a seguir durante los banquetes –una especie de código de urbanidad– atribuidas a Leonardo da Vinci.

Se comenzó a hablar de ellas en el último cuarto del siglo XX y existen numerosas ediciones. Tengo a la vista un libro del Grupo Editorial Planeta/Temas de hoy, impreso en Buenos Aires, donde se aclara que el ‘copyright’ es de 1987 y pertenece a Shelagh y Jonathan Routh, que originariamente fue publicado por Williams Collins & Sons Co. Ltd., y que el título original es Leonardo’s kitchen note books.

Y basta de aburridas precisiones, pues con ellas o sin ellas no adelantamos nada en este caso, ya que no se sabe adónde están –si es que están– los cuadernos de Leonardo que contendrían las notas que aparecen en el libro, es decir, el Codex Romanoff, que parece haber surgido de la nada.

Hasta ahora nadie puede dar noticia cierta de su existencia: nadie puede darla porque nadie lo vio y, por supuesto, nadie lo leyó, no obstante lo cual está editado, con ilustrativos dibujos de Leonardo, y circula por ahí tan pimpante (y a juzgar por la cantidad de ediciones, reediciones, ediciones piratas, etc., debe de ser un buen negocio).

Todo lo dicho vale tanto como afirmar que aceptarlo es casi una cuestión de fe.
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Lo anterior lo ha escrito "mi otro-yo" –que ya he explicado que es "más sensato"–. Yo pienso otra cosa, y aquí va:

Es sabido que Leonardo apuntaba sus ideas e inventos en pequeños cuadernos y parece que era bastante desordenado –en cualquier espacio libre incorporaba comentarios acerca de lo que fuera de su interés–; y se sabe también que era un amante de la comida, un glotón, y que durante muchos años fue protegido de Ludovico el Moro (en las notas aparece como “mi señor”) quien lo nombró maestro de festejos y banquetes de la corte de los Sforza.

Es verosímil, entonces, que haya escrito algo acerca del comportamiento en la mesa.

No obstante, tal vez tiene razón mi otro yo y el codex no existe, pero bien podría ser que quienes tienen el copyright hayan investigado las costumbres de la época y lo hayan armado con observaciones sueltas hechas por Leonardo –o por cualquier otro–, en cuyo caso sí existe y solo sería cuestionable la autoría del genio.

Pero en cualquier caso, comparando algunos de sus preceptos con los que aparecen en el Manual de urbanidad y buenas maneras de Dn. Manuel Antonio Carreño, a mediados del siglo XIX, resulta que el supuesto codex se non è vero, è ben trovato; y por eso transcribo aquí unas cuantas reglas:
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Ningún invitado ha de sentarse sobre la mesa, ni de espaldas a la mesa, ni sobre el regazo de cualquier otro invitado.
No ha de poner la pierna sobre la mesa.
No ha de sentarse bajo la mesa en ningún momento.
No debe poner la cabeza sobre el plato para comer.
No ha de tomar comida del plato de su vecino de mesa a menos que antes haya pedido su consentimiento.
No ha de poner trozos de su propia comida de aspecto desagradable o a medio masticar sobre el plato de sus vecinos sin su consentimiento.
No ha de enjugar su cuchillo en las vestiduras de su vecino de mesa.
Ni utilizar su cuchillo para hacer dibujos sobre la mesa.
No ha de limpiar su armadura en la mesa.
No ha de tomar la comida de la mesa y ponerla en su bolso o faltriquera para comerla más tarde.
No ha de morder la fruta de la fuente de frutas y después retornar la fruta mordida a esa misma fuente.
No ha de escupir frente a él.
Ni tampoco de lado.
No ha de pellizcar ni golpear a su vecino de mesa.
No ha de hacer ruidos de bufidos ni se permitirá dar codazos.
No ha de poner los ojos en blanco ni poner caras horribles.
No se ha de poner el dedo en la nariz o en la oreja mientras está conversando.
No ha de hacer figuras modeladas, ni prender fuegos, ni adiestrarse en hacer nudos en la mesa (a menos que mi señor así se lo pida).
No ha de dejar sueltas sus aves en la mesa.
Ni tampoco serpientes ni escarabajos.
No ha de tocar el laúd o cualquier otro instrumento que pueda ir en perjuicio de su vecino de mesa (a menos que mi señor así se lo requiera).
No ha de cantar, ni hacer discursos, ni vociferar improperios ni tampoco proponer acertijos obscenos si está sentado junto a una dama.
No ha de conspirar en la mesa (a menos que lo haga con mi señor).
No ha de hacer insinuaciones impúdicas a los pajes de mi señor ni juguetear con sus cuerpos.
Tampoco ha de prender fuego a su compañero mientras permanezca en la mesa.
No ha de golpear a los sirvientes (a menos que sea en defensa propia).
Y si ha de vomitar, entonces debe abandonar la mesa.

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Espero que le hayan gustado, o, por lo menos, divertido.
En notas posteriores, me propongo comparar algunas de estas reglas de urbanidad para el Renacimiento, con las de Carreño para la sociedad americana del siglo XIX, a fin de ilustrar por qué me resultan verosímiles estas notas atribuidas a Leonardo...