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lunes, 26 de enero de 2009

De la manera correcta de sentar a un asesino a la mesa

Codex Romanoff (II parte)

Ya he comentado en otras notas que supuestamente existe el Codex Romanoff, un compendio de notas de cocina y reglas de urbanidad (o algo bastante parecido a ellas) escritas por el gran Leonardo.

Como sabemos, era común en tiempos de Leonardo que se aprovechara un banquete para eliminar a alguno o a algunos, y las formas de hacerlo eran por envenenamiento (de la comida o de la bebida) o por arma blanca.

Tan así era, que por entonces comenzó a gestarse la costumbre de colocar los cuchillos (durante mucho tiempo, únicos cubiertos usados en la mesa) con el filo hacia adentro, es decir, hacia el plato, ya que colocarlos con el filo hacia el comensal de al lado resultaba demasiado amenazador.
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Pero por supuesto esto no impedía la práctica de acuchillar a alguien, y hoy quiero transcribir uno de los supuestos consejos de Leonardo -que estaría en el inhallable Codex antes citado-, en parte porque resulta bastante creíble, pero además porque me hace mucha gracia.

De la manera correcta
de sentar a un asesino a la mesa

Si hay un asesinato planeado para la comida, entonces lo más decoroso es que el asesino tome asiento junto a aquel que será el objeto de su arte (y que se sitúe a la izquierda o a la derecha de esa persona dependerá del método del asesino), pues de esta forma no interrumpirá tanto la conversación si la realización de este hecho se limita a una zona pequeña.

En verdad, la fama de Ambroglio Descarte, el principal asesino de mi señor Cesare Borgia, se debe en gran medida a su habilidad para realizar su tarea sin que lo advierta ninguno de los comensales y, menos aún, que sean importunados por sus acciones.

Después de que el cadáver (y las manchas de sangre, de haberlas) haya sido retirado por los servidores, es costumbre que el asesino también se retire de la mesa, pues su presencia en ocasiones puede perturbar las digestiones de las personas que se encuentren sentadas a su lado, y en este punto un buen anfitrión tendrá siempre un nuevo invitado, quien habrá esperado afuera, dispuesto a sentarse a la mesa en este momento.
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Sandro Botticelli (1445-1510) "El banquete de Nastagio degli Onesti" (1487)

sábado, 10 de enero de 2009

Da Vinci y sus inventos

Ingenio para eliminar ranas de los barriles de agua para beber

Sabemos, porque ya se lo dicho y escrito hasta el hartazgo –incluso en este blog–, que entre las pasiones de Leonardo da Vinci (1452-1519) se contaban el gusto por la comida y los artificios.

Así, ideó numerosos ingenios para las cocinas; algunos realmente complicados y que cayeron en el olvido –excepto como curiosidades– y otros más simples, como el sacacorchos, la prensa para ajos, el molinillo, el asador giratorio (todos muy parecidos a los que usamos en la actualidad), la máquina para hacer spaghetti, e incluso las servilletas (para que los invitados a la mesa no se limpiaran las manos en los manteles…).

Se dice también que inventó el tenedor de 3 dientes, para que los comensales pudieran enroscar los spaghetti; y puede ser cierto que Leonardo haya ideado ese tipo de tenedor –pues tal vez en Italia no se conocía–, pero no es verdad que no existía, pues Enrique de Villena (1384?-1434), en Arte Cisoria describe y dibuja un tridente, al que llama broca, más de un siglo antes de que naciera Leonardo.

Pero de todos los inventos de Leonardo relacionados con las cocinas, hay uno que me hace especial gracia y es el ingenio para eliminar las ranas de los barriles de agua para beber.

Aunque no tengo nada en contra de las pobres ranitas –antes bien, me resultan muy simpáticas– comprendo que se pretendiera desalojarlas de los recipientes de agua para consumo, por razones más o menos higiénicas (claro que si lográramos imaginar la época en que vivió Leonardo, fácil sería imaginar también que, quien más, quien menos, todos vivían en medio de la mugre); pero lo que me hace gracia es la forma de la trampa.

Este es el artificio ideado por Leonardo:
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Supuestamente, funciona así:

Hay que esperar a que la rana salte sobre el cebo y quede ubicada con la cabeza justo debajo del lugar donde golpea el mazo, para luego pegarle hasta desmayarla (y matarla, y comérsela, supongo).

Sospecho que este aparatito lo habrá pensado como una broma, ya que Leonardo puede haber sido cualquier cosa excepto tonto.

Pero la cuestión es que la trampa para eliminar ranas me recuerda cierto método infalible para matar langostas, cuyos detalles (los que llegaron a mi conocimiento) paso a describir.

MÉTODO INFALIBLE PARA MATAR LANGOSTAS

El hecho parece que sucedió en la primera mitad del siglo XX, posiblemente entre los ’30 y los ’40: los EE.UU. fueron azotados por una plaga de langostas y los granjeros estaban desesperados.

Entonces apareció en los diarios un aviso que decía algo así:

Método infalible para matar langostas.
Envíe por correo un giro de un dólar a ...
(una dirección)
y le remitiré el aparato y las instrucciones de uso.

Calculo que quien ideó el sistema habrá esperado a recibir muchos giros de un dólar antes de comenzar los envíos, porque el ‘mecanismo’ consistía en dos tablillas de madera unidas por una bisagra articulada, muy parecido a este dibujito:
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Y las instrucciones eran más o menos así:
Abra la pinza,
coloque en medio una o dos langostas
y presione fuertemente...

Por supuesto, se armó gran escándalo... (y luego quedó en la nada).

Dicho sea de paso, este método es muy parecido al prensa-ajos ideado por Leonardo, que todavía usamos.

Sin embargo, me permito señalar que, a mi entender, estos inventos de Leonardo eran superfluos (y siguen siéndolo) y también era innecesaria la pinza mata-langostas (aunque no lo fue para su inventor, que con astucia le sacó provecho), pues desde tiempos inmemoriales existen los morteros, y con ellos se pueden apachurrar ajos, langostas, ranas, y casi cualquier cosa que quepa dentro del vaso.

Así que ahora que le di la idea (y conste que es de obsequio), cada vez que vaya a comprar aerosoles mata-mosquitos, mata-pulgas, mata-cucarachas, etc., piense que va a gastar dinero en un bien fungible y además va a contaminar el ambiente...
¡Y CÓMPRESE UN MORTERO!
...que no contamina y dura toda la vida.

(Y dispuesto a gastar, trate de conseguir uno bien grande, donde, en caso de necesidad, quepa hasta la cabeza de... bueno, usté sabrá).

martes, 21 de octubre de 2008

El Codex Romanoff (I)

Se denomina Codex Romanoff a un conjunto recetas de cocina y notas referidas al comportamiento a seguir durante los banquetes –una especie de código de urbanidad– atribuidas a Leonardo da Vinci.

Se comenzó a hablar de ellas en el último cuarto del siglo XX y existen numerosas ediciones. Tengo a la vista un libro del Grupo Editorial Planeta/Temas de hoy, impreso en Buenos Aires, donde se aclara que el ‘copyright’ es de 1987 y pertenece a Shelagh y Jonathan Routh, que originariamente fue publicado por Williams Collins & Sons Co. Ltd., y que el título original es Leonardo’s kitchen note books.

Y basta de aburridas precisiones, pues con ellas o sin ellas no adelantamos nada en este caso, ya que no se sabe adónde están –si es que están– los cuadernos de Leonardo que contendrían las notas que aparecen en el libro, es decir, el Codex Romanoff, que parece haber surgido de la nada.

Hasta ahora nadie puede dar noticia cierta de su existencia: nadie puede darla porque nadie lo vio y, por supuesto, nadie lo leyó, no obstante lo cual está editado, con ilustrativos dibujos de Leonardo, y circula por ahí tan pimpante (y a juzgar por la cantidad de ediciones, reediciones, ediciones piratas, etc., debe de ser un buen negocio).

Todo lo dicho vale tanto como afirmar que aceptarlo es casi una cuestión de fe.
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Lo anterior lo ha escrito "mi otro-yo" –que ya he explicado que es "más sensato"–. Yo pienso otra cosa, y aquí va:

Es sabido que Leonardo apuntaba sus ideas e inventos en pequeños cuadernos y parece que era bastante desordenado –en cualquier espacio libre incorporaba comentarios acerca de lo que fuera de su interés–; y se sabe también que era un amante de la comida, un glotón, y que durante muchos años fue protegido de Ludovico el Moro (en las notas aparece como “mi señor”) quien lo nombró maestro de festejos y banquetes de la corte de los Sforza.

Es verosímil, entonces, que haya escrito algo acerca del comportamiento en la mesa.

No obstante, tal vez tiene razón mi otro yo y el codex no existe, pero bien podría ser que quienes tienen el copyright hayan investigado las costumbres de la época y lo hayan armado con observaciones sueltas hechas por Leonardo –o por cualquier otro–, en cuyo caso sí existe y solo sería cuestionable la autoría del genio.

Pero en cualquier caso, comparando algunos de sus preceptos con los que aparecen en el Manual de urbanidad y buenas maneras de Dn. Manuel Antonio Carreño, a mediados del siglo XIX, resulta que el supuesto codex se non è vero, è ben trovato; y por eso transcribo aquí unas cuantas reglas:
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Ningún invitado ha de sentarse sobre la mesa, ni de espaldas a la mesa, ni sobre el regazo de cualquier otro invitado.
No ha de poner la pierna sobre la mesa.
No ha de sentarse bajo la mesa en ningún momento.
No debe poner la cabeza sobre el plato para comer.
No ha de tomar comida del plato de su vecino de mesa a menos que antes haya pedido su consentimiento.
No ha de poner trozos de su propia comida de aspecto desagradable o a medio masticar sobre el plato de sus vecinos sin su consentimiento.
No ha de enjugar su cuchillo en las vestiduras de su vecino de mesa.
Ni utilizar su cuchillo para hacer dibujos sobre la mesa.
No ha de limpiar su armadura en la mesa.
No ha de tomar la comida de la mesa y ponerla en su bolso o faltriquera para comerla más tarde.
No ha de morder la fruta de la fuente de frutas y después retornar la fruta mordida a esa misma fuente.
No ha de escupir frente a él.
Ni tampoco de lado.
No ha de pellizcar ni golpear a su vecino de mesa.
No ha de hacer ruidos de bufidos ni se permitirá dar codazos.
No ha de poner los ojos en blanco ni poner caras horribles.
No se ha de poner el dedo en la nariz o en la oreja mientras está conversando.
No ha de hacer figuras modeladas, ni prender fuegos, ni adiestrarse en hacer nudos en la mesa (a menos que mi señor así se lo pida).
No ha de dejar sueltas sus aves en la mesa.
Ni tampoco serpientes ni escarabajos.
No ha de tocar el laúd o cualquier otro instrumento que pueda ir en perjuicio de su vecino de mesa (a menos que mi señor así se lo requiera).
No ha de cantar, ni hacer discursos, ni vociferar improperios ni tampoco proponer acertijos obscenos si está sentado junto a una dama.
No ha de conspirar en la mesa (a menos que lo haga con mi señor).
No ha de hacer insinuaciones impúdicas a los pajes de mi señor ni juguetear con sus cuerpos.
Tampoco ha de prender fuego a su compañero mientras permanezca en la mesa.
No ha de golpear a los sirvientes (a menos que sea en defensa propia).
Y si ha de vomitar, entonces debe abandonar la mesa.

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Espero que le hayan gustado, o, por lo menos, divertido.
En notas posteriores, me propongo comparar algunas de estas reglas de urbanidad para el Renacimiento, con las de Carreño para la sociedad americana del siglo XIX, a fin de ilustrar por qué me resultan verosímiles estas notas atribuidas a Leonardo...

jueves, 8 de mayo de 2008

Recetas de cocina de Leonardo da Vinci (III)

MÁS IDEAS DISPARATADAS DE LEONARDO

Bonjour, monsieur, lo saludo porque noblesse oblige, ya que admito que usted no tiene la culpa de la irreverencia de su compatriota, y porque no sé si está enterado de que el gracioso que en 1919 "intervino" mi retrato y le pintó bigotes y barbita fue Duchamp, y que después anduvo jactándose de que así me convierto en un hombre. No en una mujer disfrazada de hombre, sino en un hombre auténtico, según él... (todo un entendido, el muchacho...).

Y además esas letras que me escribió, L.H.O.O.Q. Podría pensarse que dicen look. ¡Miren!
Pero no, el "artista" se ensañó conmigo. Pruebe a pronunciarlas rapidito, monsieur, s’il vous plait. ¿No le suena a "elle a chaud au cul"? ¡Grosero!
No lo traduzco porque hay damas.

Pero ¿qué se podía esperar de un artista capaz de presentar como obra de arte un orinal? ¡Y de travestirse!... porque yo sé que su alter ego era una mujer, y que se hacía fotografiar con ropas femeniles (una aquí se entera de todo).

Sin embargo, aunque él haya hecho alusión a mi vida privada, yo no voy a revelar detalles de la suya.
Antes bien, voy a contarles una increíble anécdota de Leonardo.

Ya les comenté que Ludovico lo había nombrado maestro de festejos y banquetes de la corte de los Sforza, ¿no?
¿Y que Leonardo se la pasaba haciendo desastres?... ¿No?...

Pues él tuvo una idea absolutamente extraordinaria –con la cual seguramente esperaba resarcir a Ludovico por los muchos inconvenientes que había estado causándole– que intentó poner en práctica con motivo de la boda de su señor con Beatrice d’Este: se le ocurrió al Maestro que la fiesta de bodas debía celebrarse en el interior de una réplica del Castello Sforza, que él mandó construir en el patio del palacio.

¿Pero por qué en una réplica y no dentro del palacio?
Porque Leonardo quería que la fiesta se celebrara en el interior de un gran pastel.

La réplica tenía unos 60-70 metros de largo y fue construida con masa para pasteles moldeada, esto es, con bloques de polenta reforzados con nueces y pasas de uva, decorados con mazapán de colores.

Los invitados deberían ingresar al palacio de pastel, sentarse en bancos de pastel frente a mesas de pastel, y comer un menú pensado para la ocasión.
Seguro que ya lo adivinaron (son tan perspicaces los turistas).
¡Sí, adivinaron!: el menú también era pastel.

Y lo bueno era que Ludovico lo dejaba hacer. Pero a Leonardo se le escapó una tort... perdón, un detalle: ¡las ratas!
Digo, él no se imaginó que durante la noche anterior al banquete todas las ratas de Milán se iban a dar cita en el patio del palacio antes que los invitados de Ludovico...

En fin, tuvieron que intervenir los sirvientes, quienes en su intento de eliminar a esas pobres criaturitas famélicas dejaron el estrambótico pastel convertido en una montaña de masa destrozada y ratas muertas.

De más está que les cuente que la fiesta tuvo que hacerse en otro lugar del palacio. El Maestro se salvó por un pelito de que Ludovico le propinara un puntapié en el occipucio, que es la parte por donde la cabeza se une con el cuello, es decir, la nuca, probablemente por los buenos oficios de la buena de Beatrice, a quien Leonardo le caía muy bien; y al fin no pasó nada.

Ludovico, como en oportunidades anteriores, invitó al Maestro a que se tomara un descanso en algún lugar donde su enorme creatividad fuera bien apreciada, y le sugirió que visitara al prior de Santa Maria delle Grazie, que andaba buscando un artista para que le decorara una pared.

Y Leonardo partió hacia allí, donde, medio a desgana y luego de tres años, terminó pintando la Última Cena. Pero esa es otra historia, que tal vez algún día les contaré.

martes, 29 de abril de 2008

Recetas de cocina de Leonardo da Vinci (II)


DECÍAMOS AYER...
que Leonardo tuvo que huir de la taberna “Los Tres Caracoles” para salvarse de la furia de los parroquianos, gente ignorante que no podía aceptar sus gustos refinados.

Pero no vayan a creer que se dio por vencido: nada de eso. En 1478 esa taberna resultó destruida por un incendio –consecuencia de una riña entre bandas rivales de Florencia– y Leonardo aprovechó la ocasión: en el mismo sitio y asociado con su amigo Botticcelli, abrió un nuevo restaurante, “La Enseña de las Tres Ranas de Sandro y Leonardo”, donde continuó dando rienda suelta a su creatividad.
Pero sus nuevos clientes, que eran los elegantes de Florencia, tampoco se sintieron complacidos por los platos que les preparaba Leonardo y finalmente tuvo que admitir su fracaso.

Durante los tres años siguientes no consiguió trabajo en ninguna taberna –temían los efectos desastrosos de sus extrañas recetas–, así que se dedicó a dibujar, tocar el laúd e inventar nudos, sentado en las calles de Florencia.

Sin embargo, se entusiasmó con el diseño de unos arietes y unas escaleras de asalto, para colaborar en la guerra que por entonces sostenía Lorenzo de Médici –el gobernador de Florencia– con el papa.
Siempre original, le envió al gobernador los modelos de sus inventos hechos en mazapán; pero Lorenzo no entendió bien la idea, y, creyendo tal vez que se trataba de pasteles, convidó con ellos a sus invitados.
Eso fue demasiado para el genial maestro, así que decidió abandonar Florencia.

Enterado Lorenzo, le dio una carta de presentación para Ludovico Sforza, el Moro, gobernador de Milán, pero en ella solo lo recomendaba como eximio tañedor de laúd. De manera que Leonardo escribió él mismo su currículum vitae, como sigue:

“No tengo par en la fabricación de puentes, fortificaciones, catapultas y otros muchos dispositivos secretos que no me atrevo a confiar en este papel. Mis pinturas y esculturas pueden compararse ventajosamente a las de cualquier artista. Soy maestro en contar acertijos y atar nudos. Y hago pasteles que no tienen igual.”

Ludovico se interesó por el extraño personaje y lo mandó llamar. Finalizada la audiencia, lo nombró consejero de fortificaciones y maestro de festejos y banquetes de la corte de los Sforza.

Leonardo debió de sentirse feliz; pero al principio, Ludovico solo utilizaba las dotes histriónicas de su protegido y se desinteresaba por sus inventos, así que éste comenzó a construir maquetas de sus proyectos, pero en esa ocasión hechas con azúcar y gelatina.
Corrieron la misma suerte que las de mazapán: Ludovico, hombre sensual que gustaba de los placeres de la mesa, se las comía.

Hasta que por fin se le presentó una oportunidad de lucirse como maestro de banquetes: con motivo de la boda de una sobrina de los Sforza, Leonardo le propuso a Ludovico el menú que debería servirse, en una fuente, a cada comensal. Era así:

Una anchoa enrollada descansando sobre una rebanada de nabo tallada a semejanza de una rana
Otra anchoa enroscada alrededor de un brote de col
Una zanahoria, bellamente tallada
El corazón de una alcachofa
Dos mitades de pepinillo sobre una hoja de lechuga
La pechuga de una curruca
El huevo de un avefría
Los testículos de un cordero con crema fría
La pata de una rana sobre una hoja de diente de león
La pezuña de una oveja hervida, deshuesada

Ludovico, que no debía de salir de su asombro, le explicó a Leonardo que esa no era la clase de banquete que ofrecían los Sforza y que sus invitados no iban a estar dispuestos a probarlo. Finalmente, le encargó lo siguiente:

600 salchichas de sesos de cerdo de Bolonia
300 zamponi (pata de cerdo rellenas) de Módena
1.200 pasteles redondos de Ferrara
200 terneras, capones y gansos
60 pavos reales, cisnes y garzas reales
Mazapán de Siena
Queso de Gorgonzalo que ha de llevar el sello de la Cofradía de Maestros Queseros
La carne picada de Monza
2.000 ostras de Venecia
Macarrones de Génova
Esturión en bastante cantidad
Trufas
Puré de nabos

En adelante, así serían los menús para los banquetes que Leonardo debió organizar... Pero ningún genio puede con su genio, y para la boda del mismísimo Ludovico con Beatrice d’Este, tuvo una idea desopilante.

Pero esa se las contaré otro día.

sábado, 26 de abril de 2008

Recetas de cocina de Leonardo da Vinci (I)



Sayonara, caballeros... ¿Cómo les va? ¿Vinieron a visitarme, a conocerme...? (sin flash, por favor, que me encandilan).
Buen día, señora... señor...
Hoy es mi día de recibo, así que tómense su tiempo y mírenme a los ojos.
Ahora desplácense un poquito hacia un lado y otro, pero sin dejar de mirarme a los ojos.
Buongiorno, compatriotas (no gesticulen tanto, por favor, que me marean).
¿Les asombra que los siga con la mirada?
Así soy... enigmática.
Bonjour, madame; bonjour monsieur...Sé que hay envidiosos que dicen que estoy pasada de moda, ¡pero qué va! Los clásicos siempre somos actuales.
Hi, milady. Hi, milord ... Bienvenidos. ¿Desean beber té? ¿Sí...? Pues vayan a la confitería porque yo no puedo atenderlos, los amigos franceses me cuidan tan bien que me tienen prisionera.
Buenos días a ustedes también, perdonen que no los salude en su lengua pero no soy una cotorra políglota como el papa Wojtila, al contrario, apenas si supe hablar la lengua del Dante y la i responsable me pone a decir pavadas en castellano, lengua que jamás conocí bien. Así que sepan disculpar...

Me fastidia que me tengan aquí encerrada. "Libertad, igualdad, fraternidad"... Eso era en otros tiempos; ya no los recuerdo. C'est joli la liberté, n'est-ce pas, monsieur? Yo solo puedo imaginarla... no me permiten ni mudarme a otro salón. Antes, por lo menos, era fumadora pasiva, pero ahora ni eso, lo único que puedo hacer es oír lo que dicen ustedes (a veces preferiría ser sorda).

Cierto que hace como cien años un alma bendita, uno de mis compatriotas, me llevó a dar una vueltita por Italia... Según él, había personas dispuestas a pagar fortunas por tenerme como invitada de honor. Yo estaba encantada, por supuesto, y el paseo fue muy emocionante, duró cerca de dos años; pero nadie comprendió a ese buen hombre y cuando me encontraron me encerraron de nuevo. En fin, eso me pasó por ser tan famosa.

Pero no voy a hablar de mi retrato, que no existiría si Leonardo hubiera inventado una cámara fotográfica. ¡Vaya disparate! El genio más creativo que existió jamás y me tuvo horas posando porque no se le antojó inventar la cámara obscura. Bueno claro él tenía otros intereses, otros gustos... digamos... raros –al menos para la época en que nos tocó vivir–.

Porque seguro que ustedes saben que él era pintor, escultor, inventor, y que era zurdo y que escribía al revés, como en espejo, de derecha a izquierda, y si no lo saben deberían saberlo, porque he oído comentar que en unas máquinas que llaman pecés había un ‘protector de pantalla’ (eso oí) por donde pasaban flotando los dibujitos de los inventos del maestro (ja ja, siempre pensaron que eran máquinas de guerra... ya les voy a contar), y además hace poco apareció un libro donde describen "La última cena", yo lo sé porque todo el mundo se la pasaba hablando de una mano supernumeraria que allí aparece según entendí; y ni hablar de mí, que me pusieron hasta en un dulce de batata... Pero lo que pocos saben es que Leonardo era un glotón, un goloso y que su verdadera pasión era la cocina, el arte culinaria.

¡Sí, sí! Le gustaba cocinar, al maestro, y también en eso era original y creativo. Sus platos eran lo que mis celadores llamaron la nouvelle cuisine, es decir, porciones diminutas de manjares exquisitos, que él presentaba sobre pedacitos de polenta tallados, en bandejas individuales primorosamente decoradas. Por supuesto, ese no era el tipo de comida a que estaba acostumbrada la gente de aquella época, y le trajo no pocos problemas.

Para que tengan una idea, la comida habitual en una taberna era polenta con huesos de vaca y trozos de carne, en gran cantidad pero servidos de cualquier manera, y eso a Leonardo le producía aversión. Él quería “civilizar” los gustos de esa gente, y puesto que durante sus primeros años de aprendizaje en el taller de Verrocchio –que supuestamente iba a enseñarle pintura, escultura y esas cosas– tenía que mantenerse por sus propios medios y trabajaba en la cocina de una taberna ­–que se llamaba Los Tres Caracoles–, fue allí donde comenzó a experimentar.

Ahora imagínense a los clientes de la taberna: gente refinada no era... ¿Y saben qué platos les ofrecía Leonardo?... Las primeras recetas eran así:
Unas hojas de albahaca, todas de igual tamaño, pegadas con saliva de ternera sobre rodajas de pan negro.

Claro, los comensales se quejaban; eran trabajadores, hombres fornidos, y eso no les alcanzaba ni para engañar a una muela. Entonces el maestro les agregaba
unas rodajas finitas de salchicha de Bolonia...
Y de nuevo los muy brutos quejándose de que eso no era una comida decente; así que el pobre no tenía más remedio que agregarles más rodajas de salchicha, adornadas con albahaca, sobre más trozos de pan.
Pero no había forma de convertir a esa turbamulta en personas elegantes.
Al fin los parroquianos se le metieron en la cocina y fue tal el alboroto que armaron que Leonardo tuvo que huir a refugiarse en el taller de Verrocchio: ¡lo querían linchar!

Anécdotas disparatadas como esta tuvo montones, pero no quiero ser latosa. Otro día les contaré más. Además, veo que está llegando otra visita guiada y debo a atender a los curiosos digo turistas.

Sayonara, caballeros... ¿Cómo les va? :)