domingo, 31 de agosto de 2008
LA ESTUPIDEZ - Episodio 10
FUI INSULTADA POR EL GUARDAFAUNA
Pongámoslo así: él, con su mentalidad obtusa, pretendió insultarme, pero utilizó unos términos que para mí eran un elogio:
"Cuando un animal se cruza en el camino –me dijo–, el otro animal se corre."
Siempre tuve claro que soy un animal, de modo que no me sentí insultada por las palabras, pero me molestó mucho su intención ofensiva; así que me planté en el lugar y me dije que iba a tener que sacarme a empujones o algo así.
Claro, es prácticamente imposible hacer razonar a un imbécil, y el pobre hombre seguía insistiendo con que me corriera, ya de muy mala manera y en tono muy alto.
La gente miraba azorada, y mi compañero se mantenía expectante, porque me conoce bien.
Él estaba esperando el momento para intervenir, en caso de que el fulano intentara ponerme una mano encima... pero sabiendo, como sabe, que era perfectamente posible que fuera yo quien iniciara la acción, porque, debo confesarlo, cuando alguien me saca de las casillas el entorno se me desdibuja: dejo de ver, o mejor, veo únicamente al agresor que tengo delante, y es entonces cuando me olvido de todo lo aprendido, me olvido de las buenas maneras, me olvido de mi gusto por las reglas de urbanidad y aflora el animal salvaje que en realidad soy.
En fin, en un alto de la discusión que sostuve con ese "zapato" con poder, mi compañero, con el buen tino que siempre muestra, se acercó, tendió una mano hacia mí y pronunció una palabra mágica: "Vamos..." -dijo.
---
LA ESTUPIDEZ ES INFINITA.
LA ESTUPIDEZ - Episodio 9
LA SITUACIÓN MÁS HERMOSA
Y TAMBIÉN LA MÁS DESAGRADABLE
Como decía, estábamos volviendo hacia la salida, caminando por el sendero rodeado de nidos, y me detuve a mirar a una pareja de pingüinos que estaba al borde del camino. Solamente los miré.
Yo los miraba y ellos me miraban. Estábamos a escasos 50 cm, la pareja de pingüinos detrás del alambrado, yo sobre el camino.
De pronto, el macho avanzó hacia mí y comenzó a tirar de los cordones de mis zapatillas. Tiraba suavemente, y yo me quedé paralizada de la emoción, sin siquiera atinar a sacar la cámara de fotos, que ya había guardado, para no asustarlos.
Comencé a llamar a mi compañero, que se había alejado un poco, para que viera la situación, y mientras tanto el animalito siguió degustándome.
Cuando se cansó de los cordones, continuó probando mi pantalón, para luego seguir con un cordón de mi campera.
Imagino que mis prendas de vestir no le agradaron mucho, porque no hizo nada que pudiera interpretarse como un intento de comer(me).
Yo estaba encantada y había vuelto a ponerme de buen humor, pero llegué al éxtasis cuando también la hembra se acercó y comenzó a degustarme.
A todo esto, se habían reunido unas cuantas personas que andaban por ahí y estaban mirando lo que pasaba; serían 7 u 8, además de mi compañero, que no quería acercarse demasiado para no alterar la situación.
Esta es una de las mejores cosas que me pasaron en la vida, si no fuera porque la vio un abnegado e incorruptible guardafauna, que evidentemente quería lucir su poder ante mí y ante la gente que estaba mirando.
El personaje, que era un hombre joven, se me apareció por la espalda y me dijo que debía alejarme de los pingüinos.
Yo argumenté que no les estaba haciendo nada y que eran ellos quienes se habían acercado a mí, pero este dedicado servidor de los pingüinos insistía en que debía dar un paso atrás.
Por supuesto, yo no quería hacerlo y me resistí machacando con mi argumento, pero al fin decidí dar un paso atrás. Hice esto porque notaba que me estaba subiendo la presión y no quería que el buen hombre me sacara de punto; pero la verdad es que di solo un pasito –de unos 40 cm, digamos-.
El hombre, desde luego, notó la corta distancia recorrida por mí, y siguió presionándome para que diera otro paso, pero más largo.
Yo ya estaba perdiendo la paciencia y retrocedí unos 30 cm más.
Fue entonces cuando intentó insultarme. Digo que intentó, pero en realidad...
Continúa en el episodio 10.
LA ESTUPIDEZ - Episodio 8
He leído por ahí que Einstein habría dicho algo así:SOLO HAY DOS COSAS INFINITAS: EL UNIVERSO Y LA ESTUPIDEZ.Y NO ESTOY TAN SEGURO DE LA PRIMERA.
Mi poca cultura me impide pronunciarme sobre la justedad de la presunta cita y de su autor. Pero de algo estoy segura: se non è vero, è ben trovato.
Estábamos por llegar a Punta Tombo y la mal agraciada Graciela iba recitando sus instrucciones. Algunas fueron estas:
"No se acerquen a menos de un metro de los animales."
"No los toquen, porque los pingüinos no siempre están de buen humor y tienen un pico filoso."
"Si un pingüino se les cruza en el camino no traten de detenerlo, déjenlo seguir su rumbo porque si no puede desorientarse (!) y si eso sucede puede abandonar el nido."
(Ya dije que tengo muy buena oreja y como además soy bastante histriónica supongo que habré hecho una mueca de incredulidad, porque a continuación oí la perlita).
"Sí, sí, se sabe de pingüinos que han abandonado el nido porque se desorientaron."
No me gustan las falacias "ad hóminem", pero me encantaría saber cómo llegó ella, o quien se lo haya dicho a ella, a estar en condiciones de afirmar que "se sabe de pingüinos que han abandonado el nido porque se desorientaron".
¿Cómo lo saben? ¿Les preguntaron? "Dígame, señor pingüino, ¿por qué ha abandonado su nido?"
No me imagino a un pingüino dándole explicaciones a un biólogo ni a nadie. Pero soy tan bien nacida y estoy tan bien predispuesta a encontrarle una respuesta a este intríngulis que voy a decir cómo imagino que podría haber sido la estrategia, para sacar de apuro a quien sea que haya lanzado ese aserto (con "s").
Vamos a suponer que la afirmación la soltó una Gracielita cualquiera, de esas que abundan.
Puedo imaginarla tratando de comunicarse con el pingüino y estableciendo un código "ad hoc" para obtener una respuesta.
–Sr. Pingüino –sería capaz de decirle-, ¿usted abandonó su nido porque está desorientado? (Mutis del pingüino). Sr. Pingüino: le recuerdo que el que calla, otorga. Si no me contesta consideraré que su respuesta es afirmativa. (Mutis del pingüino).
Estupideces de este tenor digo yo en forma diaria; pero eso sí, como chanzas. Escucharlas en serio me pone de un humor bilioso.
Porque no sé si usted sabe que los pingüinos de Magallanes viajan todos los años hasta Brasil (llegan a veces hasta la altura de Río de Janeiro) y vuelven a Punta Tombo; allí buscan el mismo nido que utilizaron el año anterior, se reencuentran con su pareja y comienza la etapa de reproducción y crianza de los pichones.
Es decir, viajan por el mar cerca de 5.000 km y encuentran el nido del año anterior. Pero... si alguien se interpone en su camino se desorientan y pueden abandonar el nido.
Estoy de acuerdo con cederles el paso para no incomodarlos, pero que nadie me venga con un argumento tan estúpido.
Estaba en problemas, lo sabía, pero todavía quería ver a los pingüinos, meta principal de mi viaje, así que me armé de paciencia para soportar lo que no soporto: la estupidez.
Llegamos a la pingüinera y allí también surgió la consabida estupidez: prohibido fumar. Pero la Gracielita le puso un condimento.
Antes de entrar a la zona protegida, es decir, antes de pasar cierta valla, se puede fumar, pero la guía añadió que "no se pueden tirar las colillas encendidas, ¡NI APAGADAS!"
Confieso que en este punto el diablito travieso que todos tenemos dentro dio por tierra con mi gusto por las cuestiones de urbanidad, y estuve en un tris de preguntarle qué podíamos hacer con ellas...
Pero no lo hice.
Y mientras fumaba tranquilamente un cigarrillo descubrí por allí a un animalito amoroso, que me puso de buen humor.
Nos runruneamos un rato y luego lo puse sobre la valla antes aludida. Es el de la foto.
-
Espero que el señor que al igual que yo quiso llevarse el recuerdo del gatito, para mí un desconocido, no se moleste si se ve aquí. Nos gustó "la foto dentro de la foto". Luego ingresamos al área de la pingüinera propiamente dicha.
Allí se puede andar únicamente por un camino, artificial, hecho de ripio y limitado por ambos costados con alambrados –no les tomé fotos porque ya estaba muy asqueada–.
Nadie puede acercarse a menos de un metro de un pingüino, pero el camino atraviesa la zona de nidos, y hay nidos que están pegados al camino, e incluso algunos están prácticamente debajo del alambrado.
Pero eso sí: ¡pobre del turista levantisco que, para sacar una foto por ejemplo, pase un pie por debajo del alambrado o incline el torso sobre él.
Si tal sacrilegio sucede (y sucede) aparece de inmediato un devoto guardafauna, que a pesar de haber nacido con un sinnúmero de virtudes carece por completo de sentido común, y lo amonesta severamente.
La pingüinera es un área gigantesca. Los nidos están en tierra firme, y están por todas partes. Para donde uno mire, hay nidos y los pingüinos son deliciosos de ver. Aquí van algunas fotos.
Como puede apreciarse en esta, una vez más violé las reglas. Aquí me acerqué a menos de un metro. Cualquiera puede ver y criticar mi cara de mal llevada y sospechar mis malas intenciones.
Esta toma es a continuación de la anterior. Aquí puede apreciarse que el animal ha agachado la cabeza. Esto, seguramente, es el comienzo de un trauma existencial por acercamiento de turista.Ya casi estábamos al final del recorrido y yo hubiera apostado fuerte a que allí sí podía tomarse contacto directo con los animales, en la playa.
Porque por más imbécil que sea la persona que establece las instrucciones, por más que sea, por ejemplo, otra Gracielita, tiene que darse cuenta de que si se puede caminar por la zona de nidos -que es donde los animales están más indefensos- sin provocar la muerte de pichones ni de adultos, se puede, con muchísima mayor razón, caminar por la playa junto a los pingüinos, pues cualquiera de ellos podría ponerse a salvo de un humano mediante el sencillo expediente de meterse en el mar.
Pero la estupidez es infinita.
Pero comoquiera que se había acercado a hablarnos, le expresé mi disgusto diciéndole que me sentía estafada por tener que ver a los animales desde una distancia tal que me impedía ver nada, y que antes que así, prefería verlos en un zoológico.
¡Aaah!... Para qué se lo habré dicho.
Cualquiera sabe que en los regímenes totalitarios, pensar es considerado un delito, y alguien debe de haber aprovechado para meter esa idea en la oquedad craneana de esa pobre mujer, porque reaccionó de manera inadecuada y desmesurada.
En resumen:
Podía haberme dicho lo mismo en otro tono y tal vez yo me hubiera callado, pero así, por su prepotencia, le grité -para que me oyera, porque se estaba alejando- que no estaba de acuerdo, que su argumento no resultaba convincente.
Entonces se volvió y nos dijo que siguiendo otra senda que hay por allí, se llegaba a otro mirador que estaba al nivel del mar. Allí fuimos, y vimos esto:
También aquí está el alambrado, aunque no lo enfoqué. Pero quiero señalar que las manchitas oscuras desparramadas sobre la zona clara y pedregosa ¡son pingüinos! Ahora bien, en cuanto comenzamos a dirigirnos hacia la playita de la foto, esta mujer se nos pegó a los talones y estuvo permanentemente vigilándonos.
Motivos no le faltaban. En algún momento del recorrido seguramente me habrá oído decir que los pingüinos son deliciosos, que dan ganas de comérselos, y habrá pensado que quería matar a alguno para hacer un escabeche de pingüino de Magallanes auténtico. Qué sé yo.
Durante esos recorridos, saqué estas dos fotos:
Sin embargo, el placer nunca dura demasiado, y los momentos de felicidad duran menos aún.
Nosotros nos dimos el gusto de enloquecer a la Gracielita, pero ella tenía aliados y los usó.
Sus aliados eran los guardafauna, así que pronto tuvimos encima de los talones no solo a la guía mal educada sino también a uno de los mentados cuidadores.
Dos a dos –estábamos empatando–. Pero nosotros ya nos habíamos hartado de la situación y comenzamos a volver mansamente, charlando, hacia el sitio donde estaba la camioneta que nos había llevado al lugar.
Entonces se produjo la situación más hermosa y también la más desagradable.
LA ESTUPIDEZ - Episodio 7
LA GRAN COLONIA DE PINGÜINOS
En esta segunda y última excursión se nos acabó por completo la escasa buena suerte que habíamos tenido.
Ya fuera de la hora convenida pasó a buscarnos la guía que nos acompañaría a la pingüinera y... ¡aaay!
La mujer se presentó con el nombre de Graciela. Este nombre, que significa "agraciada, agradable, que tiene encanto natural", no le sentaba bien.
No tenía ninguna de esas características y rápidamente se notó que la madre natura ni siquiera la había agraciado con la inteligencia.
Tengo muy buena "oreja" y enseguida comprendí que estábamos perdidos.
Graciela pretendía resultar graciosa, pero su bajo coeficiente intelectual y su escasa cultura la hacían aparecer patética.
En fin, estábamos atrapados; queríamos ir a la pingüinera de Punta Tombo y no teníamos tiempo de buscar otra excursión, así que tratamos de hacer caso omiso de su cháchara insustancial y de sus risitas bobas, hasta que, muy cerca ya de nuestra meta, comenzó a dar instrucciones.
Hasta aquí vine haciendo un recuento de señales de estupidez, pero ni con la más desaforada imaginación hubiera podido sospechar la cantidad de cosas absurdas que todavía iba a ver y oír.
Así que en lugar de continuar enumerándolas, me voy a limitar a relatarlas.
LA ESTUPIDEZ - Episodio 1
PENÍNSULA VALDÉS - COMIENZO DEL VIAJE
Mi derrotero fue así: viajé a Puerto Madryn (provincia del Chubut, Patagonia, Argentina) para luego visitar la Península Valdés y Punta Tombo, con el sano y lícito deseo de ver bien de cerca la fauna local -en particular la marina- y tomar contacto con ella; pero esto no fue posible gracias a los buenos oficios del Gobierno de la provincia del Chubut (en adelante, los chubutenses -ya que ellos lo votaron-) que, habiéndose adueñado de estas reservas naturales, la primera de las cuales ha sido declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, ha vallado con alambre las playas donde se encuentran los pingüinos, lobos y elefantes marinos, e impide que los visitantes -que vamos de cualquier lugar del mundo exclusivamente para disfrutar de ese paraíso- nos acerquemos a ellos.
-
Dónde están los animales que yo vi o traté de ver:
Lobos y elefantes marinos, en Punta Norte y Caleta Valdés (dentro de la península).
Ballenas, en Puerto Pirámide (dentro de la península).
Pingüinos de Magallanes, en Punta Tombo (fuera de la península, más hacia el sur, a unos 180 km de Puerto Madryn).
Por supuesto, los animales tienen libertad de movimientos (al menos por ahora, los simpáticos amigos chubutenses no han querido -o no han podido- quitarles esa libertad), así que es posible encontrar en un mismo sitio lobitos y elefantes marinos, pingüinos, gaviotas, etc.
Entiendo que ciertas especies se mueven solo en determinadas zonas, como las ballenas, por ejemplo, pero básicamente es como queda dicho arriba (si omití algún dato es porque no lo recuerdo - además, hay otras especies, como orcas, toninas overas, delfines, etc.).
Nosotros, una pareja, llegamos muy entusiasmados e ilusionados (en especial yo, que nunca había estado en el lugar) con poder ver bien de cerca a los animales, caminar entre los pingüinos y tomar unas fotos. Nada más. Jamás se nos cruzaría por la cabeza hacerles daño o molestar -que también es hacer daño- a los bichos (aclaro, por si acaso, que no como carne de ningún tipo).
Hicimos dos excursiones con una empresa cuyo nombre no diré, pero que tiene sus oficinas en Puerto Madryn. La primera fue a la Península Valdés y la segunda a la pingüinera de Punta Tombo.
El día que fuimos a la península tuvimos una relativa buena suerte: la guía, que se presentó con el nombre de Mary (pronunciado al estilo inglés, Mery) era una mujer muy correcta y además muy inteligente. Esto se notaba con solo verla, porque las personas inteligentes suelen tener aspecto de serlo –sus rasgos, su lenguaje gestual, sus movimientos, lo denotan–.
Mery nos fue mostrando la poca fauna terrestre que aparecía por el camino –algún guanaco, alguna mara o liebre patagónica, algún choique o ñandú petiso– y explicando las características del lugar, todo esto con mucho oficio, sin molestar ni ser cargosa, que no es poco elogio para un/a guía de turismo.
Pero cuando llegamos a la península pudimos apreciar una primera señal de la ubicua estupidez que da título a estas notas.
(ARG) LA ESTUPIDEZ. La infinita estupidez...
CRÓNICA DE UN VIAJE CON DEMASIADOS INCONVENIENTES
Voy a relatar las deplorables experiencias que viví en Península Valdés y Punta Tombo, adonde fui para ver lobos y elefantes marinos, ballenas y, muy especialmente, los pingüinos de Magallanes.
Usted va a enterarse aquí de algo que las oficinas y agencias de turismo omiten -con especial cuidado- decir.
Créase o no, ahora está prohibido acercarse a los animales y todos los espacios naturales donde viven han sido cercados con alambre.
Si tiene paciencia, puede leer esta serie de notas y va a enterarse de los detalles; pero si no tiene muchas ganas de leer, o no tiene tiempo, le sugiero que al menos mire las fotos, que hablan por sí solas.
Para su comodidad, he dividido el relato en episodios (son diez).


Así es como los vio el zoom de la cámara.

