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viernes, 6 de marzo de 2009

Los peligros del teléfono

El arte de escribir cartas, una de las tantas costumbres sociales que se imponían en los tiempos en que las reglas de urbanidad eran conocidas y respetadas por todas aquellas personas que se preciaran de ser bien educadas, fue cayendo en desuso hasta llegar casi a desaparecer, y esto por diferentes motivos, entre los que no es el menor la invención del teléfono.

Voy a transcribir a continuación unos párrafos extraídos de “Historia de la cortesía –de 1789 a nuestros días”, de Frédéric Rouvillois, pues no solo me hizo gracia el texto sino que, a medida que lo leía, no podía dejar de pensar en los teléfonos celulares (móviles) y en los SMS (además de otros inventos que han modificado nuestras vidas para siempre, no siempre para bien).

Dice Rouvillois:
Estas reglas minuciosas [las de la correspondencia], ora obligatorias, ora poéticas, están sin embargo, hacia fines del siglo XIX, gravemente amenazadas por una gran innovación tecnológica, cuyas consecuencias el gran dramaturgo Jules Clarétie intenta imaginar no sin espanto: el teléfono. “Sé bien, escribe en 1880 en “La Vie à Paris) [La vida en París], que vivimos en un siglo en el que la ciencia marcha a pasos gigantescos; sé bien que es perfectamente ridículo opinar contrariamente a lo común a propósito de los nuevos inventos; eso está fuera de moda. [...] Pero creo que está permitido preguntarse qué modificaciones formidables traerá el progreso en nuestras costumbres, nuestra manera de decir, de sentir, hasta de pensar, y veo y preveo, a partir de hoy, por ejemplo, en la instalación de teléfonos y el uso de telegramas, la pérdida de todo un arte delicado y encantador, profundamente francés: el arte epistolar, esa conversación con la pluma en la mano.”
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”Es evidente que cuando se pueda conversar de un extremo al otro de París sin salir de su gabinete, el papel de cartas será perfectamente inútil. Aseguran que ya hay doscientos o trescientos teléfonos instalados alrededor de nosotros; son ochocientas o novecientas personas que pueden, hasta cierto punto, dejar su tintero vacío. Cuando tengamos dos o tres mil teléfonos surcando París, adiós la querida charla por carta: la gran ciudad parecerá una vasta asamblea de gente atacada de sordera e inclinada, de la mañana a la noche, sobre su tubo acústico. [...] Invención admirable, no lo niego, y de una utilidad vociferante, dicho sea sin juego de palabras [...]. Pero no dejo de persistir en la creencia de que, si la conversación gana, el arte epistolar y la simple urbanidad perderán.”

Para él, la correspondencia no será la única víctima de esas invenciones.“¿Para qué las visitas, por ejemplo, con el teléfono? Un simple deseo a través del espacio: ‘¿Estás bien? –¡Muy bien, gracias!’ Está todo dicho. El instrumento queda otra vez silencioso y la cortesía ha sido hecha.” Está hecha sin que haya sido necesario vestirse, desplazarse, saludarse, someterse a los ritos exigidos por la visita y sin tener tampoco, en reciprocidad, que verse obligado a recibir la visita de la persona en cuestión. Todo se acelera, ya no se pierde más tiempo.
De todos modos, estima Jules Clarétie, es sobre todo “el arte bien francés y bien femenino de la correspondencia” que está en peligro a causa del teléfono y, sobre todo, por el telégrafo y los deplorables hábitos que proporciona.“El telegrama es a la vez el sucedáneo y el flagelo de la carta [...]. El telégrafo es al arte epistolar lo que el reportaje a la literatura. Lo activa y lo suprime. No hace falta un gran estilo para contener una comunicación cualquiera en veinte palabras. Los adjetivos se vuelven inútiles, los epítetos pintorescos son molestos y costosos. Se reemplaza por el lenguaje infantil de negros esta clara y brillante lengua francesa, que cuenta justamente con obras de arte exquisitas en este género y en este arte tan especial. ¿Quién sabe en verdad si tendríamos la correspondencia de Madame de Sévigné suponiendo que el telégrafo hubiera sido inventado en tiempo de Luis XIV?” En definitiva, aun si es inútil lamentarse, “el telégrafo suprimirá a la larga –eso es bien seguro– todo un género literario”, y toda una vertiente del “savoir-vivre”: “No hay nada que decir a esto y nada que hacer. El mundo marcha y nadie lo detendrá”.
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En fin, toda esta reflexión de un hombre decimonónico acerca de los cambios que se avecinaban en las formas de comunicación a raíz de los, por entonces, nuevos inventos, me hizo pensar a mí unas cuantas cosas relacionadas con los actuales medios de intercambio: los correos electrónicos, el chat, los SMS, etc.

Últimamente he recibido mensajes de amigos, que tuve que leer tres o cuatro veces antes de poder decodificarlos, y en algún caso ni siquiera así llegué a hacerlo. ¡Y eran de amigos! Peor todavía me sentí cuando una “encargada” de algo respondió “oficialmente” a mi pedido de asesoramiento –realizado por correo electrónico– en lenguaje SMS. La verdad es que me pareció una total falta de respeto, e inmediatamente me dije que ya no me interesaban los servicios que pudiera prestarme esa empresa, ni siquiera regalados.

Pero por lo visto, a eso vamos.
No sé qué pensará usted.

domingo, 1 de marzo de 2009

Método para la educación de un joven, según Simón Bolívar

¡Qué barbaridad!, tengo descuidado a mi pobrecito blog...
Hace rato que quiero colgar esta nota, relacionada con la educación de los jóvenes, y acabo de encontrar el momento para hacerlo.

Se trata del memorial de indicaciones que Simón Bolívar dio al director de un colegio de Norteamérica donde estudiaba su sobrino, Fernando Bolívar, las cuales constan al comienzo del libro Cartas de Lord Chesterfield a su hijo (Editorial Diana, México, 1949).

Y quiero transmitirlas desde aquí pues considero que, aunque fueron escritas hace casi dos siglos, son de absoluta actualidad.

Así que, como no he de ser yo quien le enmiende la plana la plana a Bolívar, aquí van:
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Método que se debe seguir
en la educación
de mi sobrino Fernando Bolívar

La educación de los niños debe ser siempre adecuada a su edad, inclinaciones, genio, y temperamento.

Teniendo mi sobrino más de doce años, deberá aplicársele a aprender los idiomas modernos, sin descuidar el suyo. Los idiomas muertos deben estudiarse después de poseer los vivos.

La geografía y cosmografía debe ser de los primeros conocimientos que haya de adquirir un joven.

La historia, a semejanza de los idiomas, debe principiarse a aprender por la contemporánea, para ir remontando por grados hasta llegar a los tiempos oscuros de la fábula.

Jamás es demasiado temprano para el conocimiento de las ciencias exactas, porque ellas nos enseñan el análisis en todo, pasando de lo conocido a lo desconocido, y por ese medio aprendemos a pensar y a raciocinar con lógica.

Mas debe tenerse presente la capacidad del alumno para el cálculo, pues no todos son igualmente aptos para las matemáticas.

Generalmente todos pueden aprender la geometría y comprenderla; pero no sucede lo mismo con el álgebra y el cálculo integral y diferencial.

La memoria demasiado pronta, siempre es una facultad brillante; pero redunda en detrimento de la comprensión; así es que al niño que demuestra demasiada facilidad para retener sus lecciones de memoria, deberá enseñársele aquellas cosas que lo obliguen a meditar, como resolver problemas y poner ecuaciones; viceversa, a los lentos de retentiva, deberá enseñárseles a aprender de memoria y a recitar las composiciones escogidas de los grandes poetas; tanto la memoria como el cálculo, están sujetos a fortalecerse por el ejercicio.

La memoria debe ejercitarse cuanto sea posible; pero jamás fatigarla hasta debilitarla.

La estadística es un estudio necesario en los tiempos que atravesamos, y deseo que la aprenda mi sobrino.

Con preferencia se le instruirá en la mecánica y ciencia del ingeniero civil, pero no contra su voluntad, si no tiene inclinación a esos estudios.

La música no es preciso que la aprenda, sino en el caso de que tenga pasión por ese arte; pero sí debe poseer aunque sean rudimentos del dibujo lineal, de la astronomía, química y botánica, profundizando más o menos en esas ciencias según su inclinación o gusto por alguna de ellas.

La enseñanza de las buenas costumbres o hábitos sociales es tan esencial como la instrucción; por eso debe tenerse especial cuidado en que aprenda en las cartas de lord Chesterfield a su hijo, los principios y modales de un caballero.

La moral en máximas religiosas y en la práctica conservadora de la salud y de la vida, es una enseñanza que ningún maestro puede descuidar.

El derecho romano, como base de la legislación universal, debe estudiarlo.

Siendo muy difícil apreciar donde termina el arte y principia la ciencia, si su inclinación lo decide a aprender algún arte ú oficio yo lo celebraría, pues abundan entre nosotros médicos y abogados, pero nos faltan buenos mecánicos y agricultores que son los que el país necesita para adelantar en prosperidad y bienestar.

El baile, que es la poesía del movimiento y que da la gracia y la soltura a la persona, a la vez que es un ejercicio higiénico en climas templados, deberá practicarlo si es de su gusto.

Sobre todo, recomiendo a usted inspirarle el gusto por la sociedad culta donde el bello sexo ejerce su benéfico influjo; y ese respeto a los hombres de edad, saber y posición social, que hace a la juventud encantadora, asociándola a las esperanzas del porvenir.

lunes, 26 de enero de 2009

De la manera correcta de sentar a un asesino a la mesa

Codex Romanoff (II parte)

Ya he comentado en otras notas que supuestamente existe el Codex Romanoff, un compendio de notas de cocina y reglas de urbanidad (o algo bastante parecido a ellas) escritas por el gran Leonardo.

Como sabemos, era común en tiempos de Leonardo que se aprovechara un banquete para eliminar a alguno o a algunos, y las formas de hacerlo eran por envenenamiento (de la comida o de la bebida) o por arma blanca.

Tan así era, que por entonces comenzó a gestarse la costumbre de colocar los cuchillos (durante mucho tiempo, únicos cubiertos usados en la mesa) con el filo hacia adentro, es decir, hacia el plato, ya que colocarlos con el filo hacia el comensal de al lado resultaba demasiado amenazador.
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Pero por supuesto esto no impedía la práctica de acuchillar a alguien, y hoy quiero transcribir uno de los supuestos consejos de Leonardo -que estaría en el inhallable Codex antes citado-, en parte porque resulta bastante creíble, pero además porque me hace mucha gracia.

De la manera correcta
de sentar a un asesino a la mesa

Si hay un asesinato planeado para la comida, entonces lo más decoroso es que el asesino tome asiento junto a aquel que será el objeto de su arte (y que se sitúe a la izquierda o a la derecha de esa persona dependerá del método del asesino), pues de esta forma no interrumpirá tanto la conversación si la realización de este hecho se limita a una zona pequeña.

En verdad, la fama de Ambroglio Descarte, el principal asesino de mi señor Cesare Borgia, se debe en gran medida a su habilidad para realizar su tarea sin que lo advierta ninguno de los comensales y, menos aún, que sean importunados por sus acciones.

Después de que el cadáver (y las manchas de sangre, de haberlas) haya sido retirado por los servidores, es costumbre que el asesino también se retire de la mesa, pues su presencia en ocasiones puede perturbar las digestiones de las personas que se encuentren sentadas a su lado, y en este punto un buen anfitrión tendrá siempre un nuevo invitado, quien habrá esperado afuera, dispuesto a sentarse a la mesa en este momento.
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Sandro Botticelli (1445-1510) "El banquete de Nastagio degli Onesti" (1487)

martes, 4 de noviembre de 2008

Emilio Calatayud - Reflexiones de un juez de menores

Aun admitiendo que se trata de una forma “aceptable” de la hipocresía, me interesan las cuestiones urbanidad –que están intrínsecamente relacionadas con la educación–, porque estoy convencida de que respetar ciertas pautas sociales hace más fácil la convivencia con otros seres humanos en este mundo cruel.
Es la razón por la cual siempre ando hurgando para averiguar qué hay de nuevo (y de viejo) en esos temas.

Así, encontré que el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, ha publicado un libro, Reflexiones de un juez de menores, en el que aparecen diez consejos para padres.

Son un poco irónicos, pero si está educando niños tal vez no estaría mal que les diera una mirada. Si no los necesita, mejor; pero, en cualquier caso, son interesantes.
Aquí van:

"Decálogo para formar un delincuente"

1 - Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.
2 - No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.
3 - Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas.


4 - No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.
5 - Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.
6 - Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.
7 - Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.
8 - Dele todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.
9 - Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.
10 - Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.

martes, 28 de octubre de 2008

“Manual de Urbanidad y Buenas Maneras” de Manuel A. Carreño

Ubiquémonos:

Manuel Carreño (1812–1874) era venezolano y escribía para la sociedad de su época, pero ‘sociedad’ debe entenderse aquí con un sentido limitado: la gente acomodada, adinerada, la que tenía medios para vivir bien.

Los demás, los pobres, el vulgo, aunque fueran ciudadanos no eran los destinatarios de sus enseñanzas pues eran considerados, precisamente, vulgares, ordinarios, groseros; la educación no era algo que se esperara de ellos y por eso no les estaba destinada (tampoco lo está en la actualidad, aunque por otras razones).

Y ahora pensemos un poco y saquemos algunas conclusiones.

¿Quiénes eran los miembros de esa sociedad? ¿Era la población originaria de América o eran extranjeros?
Eran extranjeros, la mayoría europeos y sus descendientes nacidos en América.

¿Y quiénes eran los europeos que habían emigrado a América, los ricos o los pobres?
Los pobres, los que buscaban medrar, pues en sus países no tenían nada (tampoco educación); si no, se hubieran quedado en ellos.

Esa gente debe de haber sido, en general, arriesgada, más o menos trabajadora y más o menos dispuesta a todo, pues si no, no se hubieran movido de sus tierras.

Llegaron a América, se instalaron como pudieron y comenzaron a trabajar; y muchos lograron convertirse en personas adineradas, nuevos ricos que aspiraban a parecerse a los ricos de toda la vida que existían en Europa y a vivir como ellos, pero... les faltaba educación.
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Y para esa gente que quería parecer fina, elegante, política, Carreño escribió en 1854 su Manual de Urbanidad y Buenas Maneras, que llegaría a ser un clásico; leyéndolo, uno/a puede imaginar cómo eran (!) sus educandos.

El uso del manual se extendió por varios países y durante largo tiempo –hasta bien entrado el siglo XX– fue de enseñanza obligatoria en las escuelas, en especial en las de señoritas; así que podemos seguir imaginando hasta qué punto esa gente seguía siendo bruta –además de hipócrita, MUY hipócrita–.

Con preceptos que enseñaban a hombres y mujeres a ser remilgados y gazmoños –como sin duda no lo eran los aristócratas a los que se tomaba como modelos–, Carreño trataba de civilizar a una sociedad adinerada, pretendidamente pulcra, delicada, exquisita, pero que se sonaba las narices con la servilleta, escupía en el suelo en cualquier sitio –incluso sobre las alfombras de las salas–, y en muchos casos arrojaba al patio o a la calle las aguas de sus tazas de noche –que digo ‘aguas’ porque ‘excrementos’ era palabra proscripta–; porque esas personas tan finolis, sépalo de una vez, vivían entre la mugre, y por supuesto no tenían inodoros, que todavía no se habían inventado.

¡Ah! pero eso sí, avisaban: ¡Agua va! (y mejor que el caminante tuviera buenos reflejos).

Además, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX tampoco se había inventado el papel higiénico –y mucho menos el bidet– así que la gente, por más delicada que fuera, se las arreglaba con trocitos de tela, por ejemplo; y aquí paramos de imaginar porque la escatología no me gusta en absoluto.

En este blog hay otras notas acerca de Carreño, con transcripciones textuales de su famoso manual, que puede encontrar fácilmente utilizando las Etiquetas.

martes, 21 de octubre de 2008

El Codex Romanoff (I)

Se denomina Codex Romanoff a un conjunto recetas de cocina y notas referidas al comportamiento a seguir durante los banquetes –una especie de código de urbanidad– atribuidas a Leonardo da Vinci.

Se comenzó a hablar de ellas en el último cuarto del siglo XX y existen numerosas ediciones. Tengo a la vista un libro del Grupo Editorial Planeta/Temas de hoy, impreso en Buenos Aires, donde se aclara que el ‘copyright’ es de 1987 y pertenece a Shelagh y Jonathan Routh, que originariamente fue publicado por Williams Collins & Sons Co. Ltd., y que el título original es Leonardo’s kitchen note books.

Y basta de aburridas precisiones, pues con ellas o sin ellas no adelantamos nada en este caso, ya que no se sabe adónde están –si es que están– los cuadernos de Leonardo que contendrían las notas que aparecen en el libro, es decir, el Codex Romanoff, que parece haber surgido de la nada.

Hasta ahora nadie puede dar noticia cierta de su existencia: nadie puede darla porque nadie lo vio y, por supuesto, nadie lo leyó, no obstante lo cual está editado, con ilustrativos dibujos de Leonardo, y circula por ahí tan pimpante (y a juzgar por la cantidad de ediciones, reediciones, ediciones piratas, etc., debe de ser un buen negocio).

Todo lo dicho vale tanto como afirmar que aceptarlo es casi una cuestión de fe.
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Lo anterior lo ha escrito "mi otro-yo" –que ya he explicado que es "más sensato"–. Yo pienso otra cosa, y aquí va:

Es sabido que Leonardo apuntaba sus ideas e inventos en pequeños cuadernos y parece que era bastante desordenado –en cualquier espacio libre incorporaba comentarios acerca de lo que fuera de su interés–; y se sabe también que era un amante de la comida, un glotón, y que durante muchos años fue protegido de Ludovico el Moro (en las notas aparece como “mi señor”) quien lo nombró maestro de festejos y banquetes de la corte de los Sforza.

Es verosímil, entonces, que haya escrito algo acerca del comportamiento en la mesa.

No obstante, tal vez tiene razón mi otro yo y el codex no existe, pero bien podría ser que quienes tienen el copyright hayan investigado las costumbres de la época y lo hayan armado con observaciones sueltas hechas por Leonardo –o por cualquier otro–, en cuyo caso sí existe y solo sería cuestionable la autoría del genio.

Pero en cualquier caso, comparando algunos de sus preceptos con los que aparecen en el Manual de urbanidad y buenas maneras de Dn. Manuel Antonio Carreño, a mediados del siglo XIX, resulta que el supuesto codex se non è vero, è ben trovato; y por eso transcribo aquí unas cuantas reglas:
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Ningún invitado ha de sentarse sobre la mesa, ni de espaldas a la mesa, ni sobre el regazo de cualquier otro invitado.
No ha de poner la pierna sobre la mesa.
No ha de sentarse bajo la mesa en ningún momento.
No debe poner la cabeza sobre el plato para comer.
No ha de tomar comida del plato de su vecino de mesa a menos que antes haya pedido su consentimiento.
No ha de poner trozos de su propia comida de aspecto desagradable o a medio masticar sobre el plato de sus vecinos sin su consentimiento.
No ha de enjugar su cuchillo en las vestiduras de su vecino de mesa.
Ni utilizar su cuchillo para hacer dibujos sobre la mesa.
No ha de limpiar su armadura en la mesa.
No ha de tomar la comida de la mesa y ponerla en su bolso o faltriquera para comerla más tarde.
No ha de morder la fruta de la fuente de frutas y después retornar la fruta mordida a esa misma fuente.
No ha de escupir frente a él.
Ni tampoco de lado.
No ha de pellizcar ni golpear a su vecino de mesa.
No ha de hacer ruidos de bufidos ni se permitirá dar codazos.
No ha de poner los ojos en blanco ni poner caras horribles.
No se ha de poner el dedo en la nariz o en la oreja mientras está conversando.
No ha de hacer figuras modeladas, ni prender fuegos, ni adiestrarse en hacer nudos en la mesa (a menos que mi señor así se lo pida).
No ha de dejar sueltas sus aves en la mesa.
Ni tampoco serpientes ni escarabajos.
No ha de tocar el laúd o cualquier otro instrumento que pueda ir en perjuicio de su vecino de mesa (a menos que mi señor así se lo requiera).
No ha de cantar, ni hacer discursos, ni vociferar improperios ni tampoco proponer acertijos obscenos si está sentado junto a una dama.
No ha de conspirar en la mesa (a menos que lo haga con mi señor).
No ha de hacer insinuaciones impúdicas a los pajes de mi señor ni juguetear con sus cuerpos.
Tampoco ha de prender fuego a su compañero mientras permanezca en la mesa.
No ha de golpear a los sirvientes (a menos que sea en defensa propia).
Y si ha de vomitar, entonces debe abandonar la mesa.

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Espero que le hayan gustado, o, por lo menos, divertido.
En notas posteriores, me propongo comparar algunas de estas reglas de urbanidad para el Renacimiento, con las de Carreño para la sociedad americana del siglo XIX, a fin de ilustrar por qué me resultan verosímiles estas notas atribuidas a Leonardo...

jueves, 16 de octubre de 2008

De eso no se habla… (II)

(Viene de la nota anterior).

La editora i-responsable ya ha tomado el Reliverán, Primperán, o como diablos le llame usted en su país a la Metoclopramida, y ahora me molesta diciéndome que “diablos” no es palabra “permitida”, que aprenda lo que dice Carreño, porque ella exige que su escribiente respete las reglas de urbanidad.

Así, hoy continúo con las lecciones de buena educación referidas al arte del parloteo vacuo (que no escribo conversación porque me queda cacofónico), según lo practican las personas respetables.



De las condiciones morales de la conversación

vii. Aun en los casos en que .... pueda hacerse mención de alguna parte del cuerpo, deben elegirse las palabras más cultas y de mejor sonido, que son las que se oyen siempre entre la gente fina. Las palabras cogote, pescuezo, cachete, &a., están siempre sustituidas, en los diversos casos que ocurren, por las palabras cuello, garganta, mejilla, &a.; ...

viii. Por regla general, deberemos emplear en todas ocasiones las palabras más cultas y de mejor sonido, diciendo, por ejemplo, puerco por cochino; aliento o respiración por resuello; arrojar sangre por echar sangre, &a., &a. Pero conviene observar el uso de las personas verdaderamente instruidas y bien educadas, y tener algún conocimiento de la sinonimia de la lengua que se habla, a fin de no incurrir en el extremo de emplear palabras y frases alambicadas y retumbantes, ...
(“Mano” puede decirse ¿no?)

ix. Respecto de las interjecciones, y de toda palabra con que hayamos de expresar la admiración, la sorpresa o cualquiera otro afecto del ánimo, cuidemos igualmente de no emplear jamás aquellas que la buena sociedad tiene proscriptas, como caramba, diablo, demonio, y otras semejantes.
(Cáspita, ¿sí?)


Y POR ÚLTIMO...

xx. Seamos muy medidos para sentar principios generales contra las costumbres o defectos de los hombres... La persona que asegurase que en el mundo no hay más que ingratos, ofendería naturalmente a sus oyentes... y la mujer, en fin, que dijese que todos los hombres son inconstantes, no guardaría por cierto un perfecto decoro.
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Perdón, pero no puedo seguir.., es mi turno de tomar Metoclopramida; pero ya le contaré más.

miércoles, 15 de octubre de 2008

De eso no se habla… (I)

Afectado, complicado, exagerado, cargante, pretencioso, hinchado, hueco, empalagoso, escrupuloso, cursi, esquilimoso, fastidioso, finústico, pomposo, aparatoso, fachendoso, gazmoño, mesingo, melindroso, mogato, niquitoso, ñoño, pamplinero, mojigato, remirado, ostentoso, rimbombante, pudibundo, presumido, retumbante, pacato, timorato, pazguato, remilgado, ridículo y, en síntesis, pesado como collar de melones, fueron algunos de los adjetivos que le mereció a la i-responsable el señor don Manuel Antonio Carreño, luego de leer su Manual de Urbanidad y Buenas Maneras –un clásico del tema, aparecido en 1854–; y tan pronto notó la vergüenza que producía en mi ánimo, agregó que don Manuel era un saltacharquillos y un finolis, y otras cosas que por cortesía me callo, pues yo aprendí del Manual –o del Manuel (?)– que una persona bien educada no puede hablar de cualquier cosa ni como quiera.

Para que usted me entienda, le transcribo unos párrafos:

Capítulo V – Sección IV

De las condiciones morales de la conversación.

i. Nuestro lenguaje debe ser siempre culto, decente y respetuoso...
(Por ahora se tolera...).

ii. No nos permitamos nunca expresar en sociedad ninguna idea poco decorosa, aun cuando nazca de una sana intención, y venga a formar parte de una conversación seria y decente. Lo que por naturaleza es repugnante y grosero, pierde bien poco de su carácter por el barniz de una expresión delicada y culta...
(Vale: no diga lo que piensa).

iii. Guardémonos de emplear en la conversación palabras o frases que arguyan impiedad, o falta de reverencia a Dios, a los Santos y a las cosas sagradas.
(¡Hostia!, ahora sí que estamos jodidos).

iv. Es sobremanera chocante y vulgar el uso de expresiones de juramento.... El que ha sabido adquirir la reputación de veraz, no necesita por cierto de tales adminículos para ser creído....
(¿adminículos? ¿Los juramentos son adminículos? ¡Coño! eso no lo sabía).

v. No está admitido el nombrar en sociedad los diferentes miembros o lugares del cuerpo, con excepción de aquellos que nunca están cubiertos. Podemos, no obstante, nombrar los pies, aunque de ninguna manera una parte de ellos, como los talones, los dedos, las uñas, &a.
(¡Qué perlita!)
---
(Y con este ¿qué hacemos?).

DISCULPE EL SEÑOR/LA SEÑORA

Ahora debo interrumpir esta tarea pues tengo que atender a la i-responsable, que está haciendo bascas y acaba de mandarme a la farmacia a comprarle un antiemético.

No se pierda las próximas entregas.

sábado, 11 de octubre de 2008

(MEX) Prohibido regatear

Si usted es un caballero, o una dama, o pretende llegar a serlo, o al menos pretende que otros crean que lo es, no puede dejar de conocer, aprender y practicar estos consejos tomados del Manual de Urbanidad de Manuel Antonio Carreño (un clásico del tema, aparecido en 1854).

El libro es para darse una panzada de civilidad y buenas maneras.
(Perdón: “panzada” téngase por no escrita, acabo de darme cuenta de que es una palabra indelicada).

En esta lección aprendemos por qué no está permitido regatear.

Capítulo VI. Diferentes aplicaciones de la urbanidad.
Artículo I. Entre los comerciantes y las personas que entran a sus establecimientos.

xxxviii. [...] Los prolongados y fastidiosos regateos indican siempre un carácter vulgar y mezquino. El proponer a un comerciante un precio notablemente menor del que ha pedido, es un acto ofensivo a su dignidad y buena fe, de que no dan jamás ejemplo las personas de buena educación.

¿Será tan así?
Esto me recuerda una experiencia vivida en México D.F., en la zona donde están las pirámides del Sol y de la Luna.

Hay allí a cada paso indios que venden artesanías, a un precio que puede ser cualquiera, y si a usted no le gusta regatear... (a mí, tampoco, pero…).
Algunos son muy simpáticos y convincentes, como este de la foto:
-
Vendía pequeños objetos de piedra tallada, que eran tan artesanales como yo soy jarrón de porcelana y hasta tenían una etiqueta de fábrica que decía “Hecho en México”, pero que él aseguraba que hacía con sus propias manos, que mostraba orgulloso para que viéramos cuán ajadas estaban (como las de un pianista, digamos).

Y con su labia agraciada nos imponía del justo precio:

–Para vos, doscientos. Para el yankee… ¡cuatrocientos!

Me pregunto qué hubiera opinado Dn. Manuel Antonio.

viernes, 10 de octubre de 2008

Urbanidad y etiqueta. ¡Puaj!

He rescatado aquí unas cuantas lecciones de urbanidad tomadas de un manual del siglo XIX (datos al final de la nota) y las transcribo textualmente, excepto por el aggiornamento de la escritura.

Algunos de los preceptos aún tienen vigencia, pero otros son casi humorísticos.

Una verdadera joyita, especialmente indicado para personas que pretendan lucir finas.

Eso de personas finas lo dice el autor del manual, quien también divide a la gente en “superior e inferior”, “de mayor o menor respeto”, “bien educada” o “ignorante, vulgar”, “señor/señora de la casa” y “sirvientes”, y otras lindezas por el estilo.

La finalidad del libro es educar para la civilidad y enseñar a templar el ánimo, para resultar siempre agradables a los demás, intachables, benevolentes, generosos, pacienzudos, elegantes, limpios...
un infierno, ¡bah!

Una persona bien educada, además, siempre preferirá embromarse para que otro pueda salir bien parado, o al menos para que no se note que es un bruto.

El libro arranca con una cita de Deberes del hombre de Silvio Pellico que dice:

Para descansar de la noble fatiga
de ser buenos, delicados y corteses,
no hay más tiempo
que el que destinamos al sueño.

PERO... no es tan así. Al menos, no según Carreño. Mire esto:

Capítulo III
Artículo II – Del acto de acostarnos, y de nuestros deberes durante la noche.

x. Al despojarnos de nuestros vestidos del día para entrar en la cama, hagámoslo con honesto recato, y de manera que en ningún momento aparezcamos descubiertos, ni ante los demás ni ante nuestra propia vista.

xi. La moral, la decencia y la salud misma nos prescriben dormir con algún vestido. Horrible es el espectáculo que presenta una persona que, por haber perdido en algún momento su cobertor, o por cualquier otro incidente ocurrido en medio de la noche, aparece enteramente descubierta.


xiii. El ronquido, ese ruido áspero y desapacible que algunas personas hacen en medio del sueño, molesta de una manera intolerable a los que tienen la desgracia de acompañarlas. Este no es un movimiento natural y que no pueda evitarse, sino un mal hábito, que revela siempre una educación descuidada.

xiv. También es mal hábito ejecutar durante el sueño movimientos fuertes, que a veces hacen caer al suelo la ropa de la cama que nos cubre, y que nos hacen tomar posiciones chocantes y contrarias a la honestidad y al decoro.

En fin, ahora ya lo sabe y no tiene excusa posible. Así que empiece a practicar y ¡cuidadito con que se le vaya a correr la sábana!
Porque aun mientras duerme, usté debe tener presente que es un caballero (o una dama).


Los textos transcriptos pertenecen al Manual de Urbanidad y Buenas Maneras, para uso de la juventud de ambos sexos, del venezolano Manuel Antonio Carreño; libro editado en New York por D. Appleton & Company, en 1854.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Buen humor y buenos modales

ANÉCDOTAS DE WINSTON CHURCHILL

El famoso político inglés Winston Churchill poseía velocidad para la respuesta humorística. Según cuenta su biógrafo Edgar Black, hacia fines de los años '30 sus disputas políticas con lady Astor se hicieron legendarias.
En cierta ocasión lady Astor le dijo a Churchill:
–Si yo fuera su esposa, le pondría veneno en el café.
Churchill replicó con toda calma:
–Si yo fuera su marido, me lo bebería.

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Los años no atenuaron esta cualidad. Le faltaba poco para cumplir ochenta años, cuando el fotógrafo de un medio de prensa le dijo:

–Espero poder fotografiarle en su centésimo cumpleaños...
Churchill respondió enseguida:

–Jovencito, no veo ninguna razón para que no pueda hacerlo. Me parece que goza usted de buena salud.

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El 8 de diciembre de 1941, Churchill, que era el primer ministro inglés y además estaba a cargo de la cartera de relaciones exteriores, debió dirigirse al embajador japonés ante el gobierno británico para comunicarle "existe el estado de guerra entre nuestros dos países" -esto lo cuenta él en sus Memorias-. La nota finalizaba así: "Tengo el honor de saludarlo con mi mayor consideración, y reiterarme su atento servidor".

Churchill comenta también que "En algunos sectores no agradó este estilo ceremonioso. Pero después de todo, cuando hay que matar a un hombre, no cuesta nada mostrarse educado".